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Con luna llena de madrugada en la ciudad del pescado.

Sentirme pescadero por un día es una experiencia que, como casi todas las buenas, vale la pena vivirla. Aunque para ello tenga que poner el despertador a las cuatro de la mañana.

He quedado con Lorenzo Cabezas, el auténtico pescadero,  a las cinco de la mañana. Levantarse a las cuatro ha sido duro, pero conducir por la M-40 de Madrid en una noche estupenda de temperatura y con la luna llena de testigo es ya un privilegio. Parece un sueño. Soy casi el único que circula por esa vía.

Hasta que entro en Mercamadrid, en la sección de pescado. Es una auténtica ciudad del pescado. Sin puerto y sin mar, pero con todos los pescados frescos del mundo. Paradojas de nuestro tiempo.

La soledad de la carretera se convierte en un bullicio impresionante de ciudad superpoblada. Miles de personas, de camiones, de furgonetas…el consumo, la vida.

Lorenzo tiene 46 años, pero es joven. Es alto, fuerte, y viste prendas adecuadas para caminar por las galerías de este gran mercado. Lleva 26 ejerciendo la profesión de pescadero, la misma de su madre, Patro Martínez.

Aunque la ciudad duerme, aquí hay mucha prisa y ajetreo. Impresiona ver a tantos hombres y mujeres trabajando a un ritmo de vértigo, vendiendo y comprando sin parar y casi sin que yo pueda seguir y entender esas transacciones. En realidad, parece una ciudad llena de turistas, y yo uno de ellos.

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Con el suelo mojado,  y esquivando carros repletos de valioso pescado fresco, me cuesta seguir a Lorenzo, que, en menos de 2 horas, bate todo un récord de compra de boquerones, almejas, pijotas, calamares, gambas, caballa, dorada, trucha, salmón, merluza del pincho, merluza de volanta, gallos, pez espada, congrio, bonito, pescadilla del pincho, bacalao, palometa, mejillones y chirlas. Ahí es nada toda esa variedad.

Cuando toda esta compra está lista, la coloca en el carro para pasar por caja y abonarla, sin dejar de pensar en los bolsillos de los consumidores, porque sabe las posibilidades que tienen sus clientes para comprar en su pescadería “El Cantábrico”, en las galerías de alimentación de la calle Rufino Blanco.

Pienso que lo de Mercamadrid fue como una de las cronos de Miguel Indurain en sus mejores tiempos: lo de preparar y colocar el pescado comprado en el puesto es como una etapa del Tour de Francia de 250 km con 4 puertos de primera, pasando por el Tourmalet. Qué ritmo…

Esto lo digo porque Lorenzo es un gran aficionado al ciclismo y busca tiempo para  practicarlo, pero se toma con mucha profesionalidad y mucho mimo y mucho cariño lo de montar el puesto como un escaparate para que esté listo para  abrir a las 9. Y está todo tan bien presentado y con tan buena pinta, que es difícil resistirse a no comprar.

Creo que estaría muy bien que algún día los que vivimos en Madrid visitáramos a los hombres y mujeres que trabajan en la gran ciudad del pescado y comprobáramos en qué buenas manos estamos.

Lorenzo, muchas gracias, ha sido un placer correr contigo este tour.

Mondelopress.com

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