cuadrilla de corcheros

Dura jornada con una cuadrilla de corcheros en Peñalsordo (Badajoz)

Es impresionante y ejemplar ver cómo en estos tiempos de crisis realizan su trabajo una cuadrilla de corcheros.

La jornada laboral arranca a las seis de la mañana en la puerta del bar La Paloma de la localidad de Peñalsordo (Badajoz). Me uno a la cuadrilla en compañía de Ångel (el Guindilla) y sus compañeros José (el Molinero), Antonio (el Patas Peladas) y Jesús (el Ratilla) y con el refuerzo de un mulo, hijo de un burro.

Nos ponemos en marcha por la sierra, con la fresca y empezando el amanecer, un monte que linda con las localidades de Peñalsordo y Zarzacapilla, zona republicana en la Guerra Civil, donde se libraron muchas batallas, me cuentan que durante los enfrentamientos se destruyó la localidad de Zarzacapilla, y a veces aparecen restos de armamento.

Mis amigos los corcheros se disponen a actuar con sus hachas afiladas como una navaja de afeitar, me recuerdan a las hachas de los Vikingos. Con forma de media luna y con mucha firmeza y habilidad van cortando la corteza del alcornoque y esquivando a las hormigas que viven en el corcho y se les meten por el cuello mezclándose con el sudor, caminan por el cuerpo del Ccrchero.

Al mismo tiempo miman el árbol para no dañar futuras reproducciones.

cuadrilla de corcheros

Mi preparación es con el equipo fotográfico, monte arriba, en compañía de mi amigo Ángel el Guindilla y su mulo subiendo por una senda estrecha, con mucho polvo por las pisadas del mulo, de tantos y tantos viajes cargado de corcho, en el suelo se ven marcas de otros animales que se buscan la vida, pues cuando llevamos un rato caminando y a punto de amanecer, el mulo se para y pone las orejas tiesas. Así detectamos la presencia de dos jabalíes ,pues en esa sierra hay mucha caza.

El Guindi, como le llaman los amigos, mientras caminamos con dificultad en desniveles del 20 y 30 por ciento, me enseña los restos de una paliza que le dio el mulo la semana pasada cuando se asustó por algún movimiento de otros animales, pues algunas sendas hay que abrirlas con un hacha en la maleza y limpiar para poder acceder a los alcornocales y cargar al mulo de corcho.

En el tajo hay un olor especial, el que desprende el árbol al despojarle de su corteza, huele muy bien y tiene unos colores muy variados con muchos contrastes y formas onduladas.

Es verdad que siento que le estamos robando algo al alcornoque, pero no es así ,porque al quitarle la corteza lo limpias de posibles enfermedades, y tendrá más fuerza para poder seguir viviendo.

Después de a hacer varios viajes con el mulo cargado monte abajo, llega la hora del almuerzo, no más de diez minutos para comerse el bocadillo.

Los corcheros, mientras almuerzan, ni hablan de crisis, ni de fútbol, ni de política. Lo que les preocupa es la conservación de la Naturaleza.

Y así pongo fin a mi jornada, con una gran satisfacción por haber aprendido mucho de unos trabajadores, que a pesar de las dificultades que tienen para sobrevivir en estos tiempos, son capaz de disfrutar con el trabajo que realizan, y poder enseñarlo y contarlo.

Muchas gracias a Ángel el Guindilla, a José el Molinero, Antonio el Patatas Peladas, y Jesús el Ratilla

Mondelopress.

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