Son las diez de la mañana del 6 de octubre. En el pórtico de la iglesia parroquial de Santiago Apóstol, en Ávila, la lluvia cae suavemente sobre la capital abulense. Es una mañana gris y desapacible, pero ni el mal tiempo ni la humedad impiden que centenares de antiguos compañeros de profesión, amigos y vecinos se reúnan para despedir a uno de los grandes campeones de nuestro ciclismo: Ángel Arroyo.
Llegados desde distintos puntos de la geografía española, muchos de aquellos ciclistas que durante tantos años compartieron con él carreteras, alegrías y sufrimientos quieren acompañarlo en su última etapa. Entre ellos se encuentran Alfonso Gutiérrez, Jokin Múgica, Ladrón de Guevara, José Luis Laguía, Pello Ruiz Cabestany, Anselmo Fuertes, Javier Cedena, Bernardo Alfonsel, Enrique Martínez Heredia, Jesús Rodríguez, «el Pajarito», Laudelino Cubino y tantos otros compañeros y amigos. Junto a ellos, numerosos vecinos de El Barraco, su localidad natal, también han querido estar presentes.
Todos se han reunido para arropar a un gran campeón que tantas alegrías nos regaló a lo largo de su vida deportiva.
Tuve el privilegio de acompañar y cubrir la última etapa de Ángel Arroyo, desde la iglesia parroquial de Santiago Apóstol, en Ávila, hasta el cementerio de El Barraco, el pueblo donde nació y comenzó a forjarse como ciclista.
Fueron 26 kilómetros bajo una lluvia persistente y entre bancos de niebla. Tengo que reconocer que, con el paso de los años, cada vez me cuesta más ejercer mi trabajo en situaciones como esta: despedir a un amigo que tantas alegrías me dio sobre la bicicleta, mientras yo las vivía desde la moto, cámara en mano.
Aun así, fue una jornada entrañable y emocionante, marcada, sobre todo, por el respeto, el cariño y la admiración. Un numeroso grupo de ciclistas profesionales de distintas generaciones quiso estar presente, a pesar de las inclemencias meteorológicas, para arropar a su esposa, María del Consuelo, y a sus hijos, Alicia y Ángel, en unos momentos tan difíciles.
Hoy no solo hemos acompañado a un campeón en su última etapa. También hemos despedido a un amigo, a una persona muy querida y a alguien que forma parte, por derecho propio, de la historia de nuestro ciclismo.
Una vida ligada al ciclismo
Tuve la suerte de conocer a Ángel y fotografiarlo desde mediados de los años setenta, cuando todavía era juvenil y se desplazaba a competir a Madrid y a distintas localidades de los alrededores. Más adelante pude conocerlo mejor durante las presentaciones de los equipos Mobylette y Super-Ser, cuando corría como aficionado bajo las órdenes de Laudelino Hernández.
Como tantos otros corredores de su generación, Ángel inició su trayectoria en el equipo Mobylette en 1975. Durante aquella etapa logró la clasificación de la montaña en la Ronda de la Hispanidad y terminó tercero en la clasificación general.
En 1976 pasó al equipo Super-Ser, donde permaneció hasta 1977. En su primer año consiguió los trofeos Vasco-Navarro y, en 1977, obtuvo un cuarto puesto en el Piccolo Giro. Ese mismo año sumó otra importante victoria al imponerse en la Vuelta a Irlanda.
En 1978 se incorporó al equipo Moliner-Vereco, su último conjunto como aficionado antes de dar el salto al profesionalismo.
Su debut profesional llegó en 1979, precisamente con el Moliner-Vereco, equipo que sería el embrión del Zor y que estaba dirigido por Javier Mínguez. Ángel comenzó aquella nueva etapa con fuerza: ganó la primera y la segunda etapa de la Vuelta a los Valles Mineros y se adjudicó la clasificación general final. Ese mismo año, durante la Volta a Cataluña, llegó a vestir el maillot de líder durante varias jornadas.
Era el comienzo de una trayectoria que lo llevaría a competir al máximo nivel y a convertirse en uno de los nombres destacados del ciclismo español.
Años más tarde tuve la oportunidad de seguir disfrutando de sus actuaciones y de su enorme calidad deportiva en el Tour de Francia y la Vuelta a España. Bajo la dirección del gran José Miguel Echávarri, y desde mi posición en la moto, cámara en mano, pude vivir de cerca muchas de las emociones que Ángel nos regaló sobre las carreteras.
Por eso, esta despedida tiene para mí un significado tan especial. No se marcha solamente un gran corredor; se marcha también una persona con la que compartí años de ciclismo, recuerdos, kilómetros y vivencias que el tiempo nunca podrá borrar.
Con este humilde reportaje quiero rendir homenaje a Ángel Arroyo: al gran campeón que nos hizo disfrutar sobre la bicicleta y, sobre todo, a la persona que tuve la suerte de conocer y recordar con tanto cariño.
Hoy, bajo la lluvia, el pelotón ha vuelto a reunirse para acompañarte. Esta vez no había metas que disputar ni puertos que coronar. Solo había amistad, admiración y gratitud.
Tu última etapa ha terminado, Ángel, pero tu recuerdo seguirá vivo en las carreteras que recorriste, en las fotografías que conservan tantos momentos y en la memoria de todos los que tuvimos la suerte de compartir contigo esta pasión.
Descansa en paz, Ángel.
Siempre te recordaremos.
Mondelopress.com







































