Nunca es tarde para disfrutar de la gran amistad de un gran profesional artesano del mazapán toledano, Luis Menor, en la localidad toledana de Los Navalmorales. Para relatar esta historia es necesario remontarse a las Navidades del año 2015, cuando me acerqué a su establecimiento con la intención de realizar un reportaje sobre la elaboración de sus magníficos mazapanes.
Durante aquel encuentro, tras un buen rato de charla y de compartir historias como dos viejos amigos, descubrimos que, después de más de cuarenta y cinco años, habíamos coincidido entre 1968 y 1970 realizando el servicio militar en el entonces Ministerio de la Guerra, hoy Cuartel General del Ejército de Tierra de España, situado en la Plaza de Cibeles. Aunque ninguno de los dos se conocía en aquel momento, aquel recuerdo sirvió para constatar que teníamos muchas cosas en común y para evocar grandes momentos de nuestra juventud.
En la actualidad, el obrador disfruta de un aroma muy especial y de un ambiente familiar y afable, lleno de armonía y cariño, donde los más jóvenes comienzan a recoger el testigo de mi amigo Luis. En sus paredes preside siempre un cuadro colgado con la imagen de sus antepasados, ejemplo para las próximas generaciones, que ya alcanzan la quinta generación, fiel reflejo de una manera de entender el oficio y de hacer las cosas bien hechas.
Tras continuar el relevo generacional de su padre y, antes de él, de su abuelo, el obrador se mantiene repleto de manos trabajadoras que mueven la masa de miles de kilos de almendra, transformándola en el exquisito manjar del mazapán. De allí surgen las famosas anguilas toledanas, decoradas con un esmero exquisito, que reciben el calor tan especial de un horno centenario de leña, alimentado con encina y jara. Su brasa perfecta tuesta el mazapán en su punto justo y lo convierte en un manjar para todos los paladares y digno de reyes, princesas e infantas.
Los cronistas narran que las anguilas fueron un manjar común en el río Tajo, y que cuando dejaron de verse en el siglo XIX debido a la contaminación, los pasteleros toledanos crearon estas figuras de mazapán para mantener vivo el recuerdo de este pez.
Este saber hacer, transmitido de generación en generación entre los herederos del “Obrador Menor”, ha llevado a los mazapanes Menor a recorrer el mundo de la mano de ilustres consumidores que no pudieron resistirse a llevarse un trocito de la esencia de la Navidad a Estados Unidos, Rusia y Japón. Incluso Fidel Castro tuvo ocasión de probar sus ricos mazapanes. A nivel nacional, son consumidos en el País Vasco, Burgos, Valladolid, Cataluña y Logroño, entre otros lugares.
Cuenta la historia que fueron las monjas del convento de San Clemente quienes tuvieron la idea de mezclar almendra y azúcar para elaborar, a golpe de maza, una masa cocida en el horno que pudiera sustituir al pan y, de este modo, paliar el hambre que asedió Toledo tras la Batalla de las Navas de Tolosa (1212). Esta iniciativa fue aprovechada por el resto de la población toledana, que pudo subsistir gracias a la almendra almacenada procedente de los cigarrales. Siguiendo la leyenda, este delicioso pan fue llamado “pan de maza”, de donde derivaría el nombre que hoy conocemos como mazapán.
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