Filomena en Caboalles de Abajo

El temporal Filomena en plena pandemia del COVID- 19.

Me desplazo a mi pueblo Caboalles de Abajo en Laciana, León, para realizar un reportaje de las duras condiciones que soportan mis paisanos con las nevadas. Desde los años cincuenta los habitantes del Valle de Laciana se han acostumbrado a vivir con unas nevadas como las de este año, o incluso peores. Pero las cadenas de televisión de este país, durante horas y muchos días, nos machacan de manera continua y reiteran lo importante que es la nevada de Madrid y de hecho parece que se puede paralizar España.

Reporteros y presentadores se empeñan una y otra vez explicándonos con todo tipo de detalle cómo se ponen unas cadenas a un coche, tocando la nieve y diciéndonos lo fría que está, lo espesa que es, lo importante que es el calzado que llevan para informar, realizando saltos en el suelo, rebozándose y haciendo muñecos de nieve. Hasta los tertulianos en los estudios dicen que van a guardar en el armario de su piso, una pala buena y bonita para si sigue nevando y hasta cómo tenemos que actuar para que no se nos congelen las tuberías; es muy importante dejar correr el grifo del agua caliente toda la noche, decía una tertuliana y los ciudadanos toman las calles de la capital de España, en medio de una pandemia, como si todo fuera una gran fiesta en un parque de juegos olímpicos de invierno.

Una fiesta con todo tipo de ocurrencias, con trineos, esquiando por la Gran Vía, cuando diez días antes nos prohibían tomar las uvas de fin de año en la puerta del Sol, la misma que llenábamos convirtiéndola en una guerra de bolas, todos apelotonados en plena pandemia como si esto fuera algo normal. Los políticos mientras tanto, animan a los vecinos a retirar la nieve con palas, picos, escobas, tablas, bandejas de horno y toda clase de utensilios, porque si no es así, tendremos nieve y hielo durante mucho tiempo. Todo un despropósito.

Pues bien, por fin los habitantes de la Comunidad de Madrid, los responsables políticos, y los medios de comunicación parece que se están dando cuenta del problema que tienen en los pueblos vaciados y que no es nada fácil vivir de manera continua cada invierno, como en los pueblos del Valle Laciana, con la ya famosa Filomena y no “La Virgen” precisamente.

Tengo que remontarme a los años cincuenta cuando yo era un niño, cuando los inviernos no eran como se viven ahora en Madrid; en aquellos tiempos las nevadas eran de metros, sin redes sociales, ni televisiones que lo pudieran retransmitir.  Los mineros de mi pueblo antes de salir a trabajar a las seis de la mañana, tenían que abrirse camino con una pala, que la noche anterior dejaban preparada con un paño mojado en sebo para que la nieve se deslizara de manera fácil y así poder desplazarse para ir a trabajar a la mina y cumplir con sus obligaciones. Los vecinos, como topos, cavaban túneles bajo la nieve para comunicarse entre ellos y poder ayudarse.

El sábado día 9 de enero, tomando un café en el apartahotel “Portal de León” en Caboalles de Abajo, mientras esperaba a mi amigo Vidal, que es el mejor guía turístico de la comarca porque la conoce como nadie, viendo cómo los informativos de TV explicaban la manera de poner las cadenas a las ruedas del coche, escucho a unos clientes de la localidad comentar escandalizados sobre el “gran” problema que tienen estos chicos de Madrid.

Vidal en su 4×4, me enseña con todo detalle rincones de mi pueblo, que hoy para mí ya son recuerdos del pasado, pero los vuelvo a revivir con muchas ganas e ilusión y hacemos un amplio recorrido pisando la nieve y el hielo por las calles del pueblo y por los barrios Pascon del Rey, San Juan, El Pozo, El Cristo, Revoltona y Barradiecho. La Iglesia de Santa María, las Capillas del Cristo y San Roque en el puente principal del pueblo, que con sus tres ojos vigila el molino de la Fundación Álvaro Carballo sobre el rio Valdepila, que nace en La Braña y que une a los residentes en dirección a Caboalles de Arriba y Asturias.

El Castillete de hierro gigante en el Pozo María referente de la minería en el Valle de Laciana y la mina de Bolsada, muy importantes para la economía del valle durante muchas décadas.

O el cuartel de la Guardia Civil, que en aquellos tiempos ya muy lejanos, cuando yo pasaba por delante, siempre me cruzaba al otro lado de la calzada, por eso del tricornio y el bigote y que hoy es un Centro de Terapia Ocupacional Asprona. El puente romano de piedra el Carreirón, donde en los años cincuenta y sesenta acompañaba a mi madre Laura Valencia con un balde metálico enorme con ropa para lavar y donde se tiraba horas de rodillas, sus manos sin guantes, restregando la ropa en la tabla y el agua fría que bajaba de la montaña con nieve y donde en la orilla, se repartían en fila todas las mujeres en la fosa del rio; en el verano los más jóvenes, solíamos darnos un baño y allí en pleno invierno, el día de la matanza, se lavaban las tripas del cerdo para hacer los chorizos y morcillas.

Corea, un barrio apiñado con casas adosadas de piedra construidos por el MSP para instalar a los mineros que trabajaban en sus minas y que hoy están convertidas en viviendas para los hijos y nietos de aquellos trabajadores.

La Cooperativa de la MSP donde se retiraban los alimentos de los vecinos, hoy Centro Médico y Biblioteca y la Casa Escuela Nacional del año 1913, hoy Casa del pueblo de actividades culturales y Correos.

La emblemática Casa del Coto, una residencia familiar del empresario, con mucho terreno y rodeado de pinos centenarios, la Casa de los Argüelles al pie del gigante castillete, donde los dueños venían todos los veranos a disfrutar de las estupendas temperaturas.

Casa de Don Pepe que te da la bienvenida en la entrada del pueblo con un hórreo de madera que marca un estilo de la construcción de la comarca y donde siempre se paseaban unos mastines muy especiales; perros guardianes para el ganado de raza representativa de Laciana.

El Hogar del pensionista La Echaniecha, dirigida ejemplarmente por mi amigo Vidal, con mucha actividad cultural. Las escuelas de María un edificio muy robusto de piedra que estaba dividido en dos clases, en una parte los chicos y en la otra las chicas, donde yo cursé mis estudios bajo la dirección del maestro Don Adolfo y el pilón de piedra al lado de la entrada, donde antes de entrar en clase, yo en cuclillas, rompía los hielos y donde recogíamos el agua para nuestro consumo. Allí también bebían los animales y en primavera desde el aula, escuchabas los miles de ovejas de la trashumancia que se dirigían al puerto del Leitariegos, hoy Residencia el Roble, de la tercera edad.

La Casa de Rochil, un edificio de viviendas de alquiler donde viví mis primeros ocho años, hasta que mis padres compraron una parcela en el Barradiecho y con mucho esfuerzo construimos una casa de piedra de dos plantas con unos préstamos difíciles de hacer frente con su sueldo de minero. Para hacer la obra, los más mayores subíamos el agua con cubos de metal y los más pequeños, con latas de atún.

La Casa de Antonio Rubio, médico de familia, pero de los de antes, muy respetado y querido por toda la comarca; siempre le tendré en mi recuerdo por haberme curado una infección de riñón siendo yo un niño.

Caboalles de Abajo se encuentra en un valle rodeado por tres montañas, la Devesa, Couxo y Peña del Gato, repletas de robles, avellanos, acebos y de todo tipo de naturaleza en cualquier época del año; con nieve o con sol, es un paraíso que bien vale la pena visitar cada rincón de sus calles y compartir la amistad de sus gentes.

Quiero dedicarle este reportaje a todos los vecinos de Caboalles de Abajo, por ser todo un ejemplo de ciudadanía, después de tantos años de sufrir una forma de vida tan especial, con las nevadas y con ser víctimas de la falta de interés de los políticos y medios de comunicación nacionales, a quienes parece que solo les interesa la borrasca Filomena de la Comunidad de Madrid. Creo que los habitantes de los pueblos vaciados van a tener que seguir rezando a la “Virgen Santa Filomena”, porque los dirigentes de este país es difícil que lo hagan.

Mondelopres.com

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