01

Los azotes que quiso dar el presidente (Historia de una foto)

(Por José Manuel Rivas Troitiño, de EFE)

Cuando el presidente, relajado y tranquilo, sintió simultáneamente el fogonazo luminoso y el disparo de la Nikon, estrechó más fuertemente entre sus brazos a Amparo y se asustó. A unos pasos, Mondelo sonreía con la cámara todavía fuertemente asida entre las manos. Seguía mirando a Adolfo Suárez y vio cómo éste retiraba después la mano derecha del torso desnudo de Amparo para, sonriente ya, enviarle el frustrado amago de unos azotes como premio a la osadía.

Por un momento, el gráfico de EFE enviado especial para cubrir las vacaciones del presidente en Galicia, temió que la escolta presidencial se abalanzara sobre él, le quitara el carrete recién estrenado con un solo fotograma y así se quedaran reducido a la nada el esfuerzo y la espera.

Una larga espera desde que, doce horas antes, supimos confidencialmente que el presidente asistiría a la cena de gala del gran hotel de La Toja. Desde entonces todo estaba pendiente de esa escena que, inevitablemente, debía surgir.

Días antes, el presidente había bailado en el mismo lugar. Había imágenes del baile, pero el temor y la cortedad de ideas de unos ejecutivos impidieron su difusión. Mondelo y yo, convertidos primero en guardianes y espías, vigilados y amenazados y finalmente testigos y confidentes de 24 días de descanso de un presidente, sabíamos que esa noche tendríamos ocasión de lograr ese testimonio.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

La cena se inició a las diez de la noche y nuestra espera terminó a la una de la madrugada. Hacía ya algún tiempo que los demás comensales en la cena de gala bailaban por parejas mientras los más jóvenes intercambiaban palabras de amor y los adultos recordaban cada uno de los gestos de la pareja presidencial durante la cena. Pero Adolfo Suárez, que sentía la presencia espía de una cámara por los alrededores, seguía sentado en la presidencia de la mesa.

Mondelo se alejó del salón-comedor, aunque sólo escasos metros. Un cortinón fue su prisión y atalaya durante largos minutos. Hasta que el presidente, confiado y tranquilo, salió a la pista. Y entonces vino el fogonazo, un solo disparo, el susto y la reprimenda.

En el olvido quedaban ahora las largas horas de espera frente a la pista de acceso a la Atlántida, el desconsuelo de los días en que el presidente no salía de su residencia para permitirnos justificar nuestra presencia allí, el desasosiego de una noche en vela por culpa del sol de agosto sobre un barquichuelo en la ría alquilado para captar alguna imagen inédita del presidente bañándose, o los mareos de una tarde en la misma ría en un fuera borda desde el que pretendíamos sorprender al presidente en la pesca de tiburones.

Horas después, la portada de los periódicos españoles recogía el testimonio gráfico de un presidente, en vacaciones, bailando con su esposa. Era solamente la confirmación de que la espera, por esta vez, justificaba que nos quedáramos una vez más, sin cena.

Mondelopress.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>