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Historia grafica de Fernando González Laxe, expresidente de la Xunta de Galicia

La imagen como búsqueda de trascendencia

Es muy discutible que una imagen valga más que mil palabras, porque si fuera así estaríamos rebajando injustamente, por ejemplo, el valor de la literatura.

Sin embargo, en las actuales sociedades desarrolladas la fuerza sensible de la imagen se muestra como el punto de apoyo que Galileo pedía para mover la tierra.

No es lo verdadero o lo real o el sentido profundo y de plenitud lo que importa, lo que tiene valor, sino la presencia, la apariencia, la seducción, la sensación, que ya quería ser la realidad para los filósofos renacentistas ingleses.

Por eso, tampoco se puede negar que está ahora mismo más de actualidad que nunca aquella reflexión de Heráclito, de que todo pasa y nada permanece, surgida en la Grecia que alumbró nuestra civilización.

Como reacción contra esa indiscutible sensación de lo efímero, los periodistas, tanto los que escribimos como los fotógrafos, andamos en la búsqueda de trascender lo cotidiano y de intentar darle inmortalidad a lo perenne.

No solo nosotros; también los artistas e intelectuales con sus obras y todos los seres humanos con sus sentimientos, en lucha permanente con lo mortal.

Eso es lo que pretende mi compañero y amigo Desiderio Mondelo con esta obra, en la que recoge monográficamente su mirada, tras la cámara, de un personaje, Fernando González Laxe, en su faceta pública, concreta, de presidente actual de la Xunta de Galicia, y en la privada y familiar.

De los desvelos de Mondelo por su profesión de periodista gráfico soy testigo directo desde 1979, cuando los dos coincidimos en la Delegación de la Agencia EFE para Galicia.

Fascinado entonces por los tipos de la Galicia rural y marinera, que no había visto hasta entonces, retrató incansable todo lo que llamó su atención, convencido de que eran documentos gráficos para la historia porque aquel mundo estaba condenado a desaparecer. Era un ejemplo de esa lucha por intentar eternizar lo efímero y perecedero.

Convencido también del valor de la imagen, aunque fuera para lo efímero de un periódico de cualquier día, lo vi burlar los servicios de seguridad y ocultarse detrás de una cortina de un hotel de la isla de A Toxa para lograr una imagen del entonces presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, bailando con su esposa. Porque siempre quiso buscar el lado humano, y distinto al oficial, de los personajes.

En otra ocasión, en el palacio arzobispal de Santiago, aprovechó una puerta abierta para colarse en el despacho del cardenal Suquía, que estaba recibiendo a las mujeres de los marineros del Gargo-mar, secuestrados en el Sahara. Lo invitaron a salir inmediatamente pero, mientras yo le protestaba por la intromisión que temía que nos iba a dejar en malas relaciones con una fuente de información, volvieron a llamarlo para que hiciera la foto de la audiencia. Yo me tuve que callar y aprendí que para los periodistas gráficos como Mondelo aprovechar la ocasión es ley de vida.

Podría recordar otras anécdotas de las que fui testigo para corroborar su dedicación y entrega a la profesión, en la que está acreditado entre los mejores del país.

Como enviado especial recorrió muchos países para informar de viajes de los reyes o presidentes del Gobierno, de Juegos Olímpicos, vueltas ciclistas o campeonatos de fútbol, ya que los acontecimientos para los periodistas vienen determinados en algunos casos por el azar y en otros por la agenda-setting, que es como los núcleos del poder configuran la construcción de la realidad en los medios de comunicación.

Quizás ese efecto-agenda late también en esta obra, en tanto que se reduce solamente a una parte de la producción gráfica que Mondelo desearía rescatar del olvido, para seguir haciendo presente el pasado y para intentar hacer perdurable lo perecedero.

Las 70 fotografías que se reproducen, fruto de su trabajo profesional y de la amistad que surgió entre fotografiado y fotógrafo, tuvieron su primer destino en las páginas de los periódicos, esos testimonios del acontecer que Arthur Miller definió como una nación hablándose a sí misma.

Unidas ahora en este libro, sin el susurro del lenguaje que las acompañó cuando fueron hechas o transmitidas con texto de actualidad a los periódicos y semanarios, permanecen como testimonio de un profesional del periodismo en la procura de trascender la cotidianidad.

Xosé Manuel Rivas Troitiño

Periodista

Madrid, otoño de 1989.

Mondelopress.com 

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