Relevo generacional de empalaos en Valverde de la Vera (Extremadura)

Damian Incera y Daniel Incera

Es de noche, la noche del Jueves Santo. Hay miles de personas en las calles empedradas de este pueblo, precioso, con casas de piedra y balconadas de madera. Y, sin embargo, sólo se oye el agua relajánte que corre por un arroyo central. Tal vez la luz tenue invite a ello, pero el silencio es total ahora en la localidad extremeña de Valverde de la Vera, medio millar de habitantes, hoy con muchos miles.

Están congregados para acompañar y presenciar con respeto a unos 20 Empalaos y sus familiares y amigos en su via crucis por el pueblo, fiesta de interés turístico nacional.

Aún son las once y media de la noche. Tengo la gran suerte y el honor de poder entrar en la casa de Damián Incera, el hombre que más veces se vistió y siguió la tradición y el rito del empalao. Nada menos que 32, el record.

Ahora le pasa el testigo a su hijo Daniel Incera Fernández, de 29 años. Es su segundo año de empalao.

El comedor de la casa, que se palpa un hogar entrañable y familiar, es el camerino: una corona de espinas, una cuerda de esparto de 30 metros para envolver el cuerpo y otra de 15 para los brazos, un timón de arado de castaño de 1,90 metros y unos 10 kilos de peso, unas cadenas de metal (vilortas les llaman), lienzos, agua oxigenada, faroles y unas espadas colocadas en forma de cruz.

Un cuarto de hora antes de la medianoche, Damián padre y Mundy Fernández, su esposa, con la ayuda y experiencia de su tía Justi, se disponen a cubrir el torso desnudo de Damián hijo con las sogas de esparto.


A mí me recuerda mucho el ritual de los toreros y sus ayudantes cuando se visten para la faena. Aunque aquí hay que extremar el cuidado, pues según coloquen el esparto pueden causarle heridas. Por ejemplo, si llueve durante el recorrido pueden hinchar las cuerdas y lastimar al empalao.

También en el salón comedor, como en la calle, predomina el silencio como señal de respeto en los veinte minutos que tardan en poner sobre sus hombres el madero y sujetarlo con la cuerda que envuelve su torso y sus brazos.

Daniel se impacienta por hacer el vía crucis, aunque otras tradiciones también hablan de empalarse para cumplir una promesa a Dios, como en otros sitios se peregrina a Santiago o se recorre de rodillas el entorno de una iglesia.

De cintura para abajo le ponen una enagua blanca, y en los brazos un par de vilortas con tres aros cada una y una toga, que simboliza al Crucificado. El rostro lo cubre un velo blanco sujeto con una corona de espinas y, por encima de la cabeza, las dos espadas cruzadas.

Así vestido y descalzo, Daniel se pone en marcha. Lleva sobre sí unos 20 kilos y ha de recorrer con otros veinte empalaos unos tres kilómetros de duro empedrado, lo que le lleva alrededor de una hora. Su familia y amigos y muchos curiosos lo acompañan en silencio en esta penitencia tradicional y silenciosa, sólo alterada por el agua del arroyo y las vilortas al chocar.

Terminado el recorrido, ya en casa todo son alegrías y abrazos y felicitaciones por haber cumplido el ritual sin ningún problema,
Cuando le quitan las cuerdas, son visibles las marcas en el cuerpo de Daniel. Le dan unas friegas como bálsamo para aliviar su piel, y su madre Mundy pasa una bandeja con unas estupendas rosquillas.

Quiero dar las gracias a esta familia, muy extensa y amable, por darme la oportunidad de ser testigo de tanto sentimiento.

Mondelopress.

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