El despreciado esparto en las admiradas Barrancas

Estropajo de la Esparteria

Ver los cortados arcillosos sobre el embalse de Castrejón en el Paraje natural de Las Barrancas, en el municipio toledano de Burujón, sorprende. El contraste entre el intenso rojizo de las cárcavas en el sedante reflejo azul del agua procedente del río Tajo impresiona. Y más cuando comprendes que esas grietas se han formado sobre sedimentos de más de 25 millones de años.

He tenido la suerte de conocer esta maravilla natural por invitación de Julio Escalonilla, de 42 años, que recorre sus sendas ecológicas y disfruta desde los miradores de este espectáculo natural. Otras veces ve cómo los hidroaviones buscan aquí agua para sofocar los incendios en los bosques de la zona o las agencias de publicidad ruedan en este escenario de ensueño.

Aunque Julio, a quien la crisis apartó de la construcción, acude a las Barrancas para recuperar recuerdos en esta etapa de su vida, tradiciones y oficios.

La base es la Lygeum spartum, el esparto, una planta que ha ocupado miles de kilómetros cuadrados de zonas áridas, ha permitido sobrevivir a muchas poblaciones y todavía sirve para calzar, empalar, atar, sombrear…

Julio, ahora convertido en artesano del esparto, enlaza con las generaciones que recogían la planta en este parque natural con mucho cuidado para no dañarla, ya que fue materia prima muy importante en la industria de la cordelería y papelera hasta los años 30 del siglo XX.

La planta del esparto, también conocida como atocha, llega a medir metro y medio de alto y ocupa un metro cuadrado. Es de la familia de las gramíneas y tiene unas hojas largas y duras tan resistentes que parecen hilo.

Para arrancarla hace falta un palo de olivo con un nudo en la punta, lo que hacían los agricultores y pastores o artesanos del estropajo para producir utensilios o alpargatas.

Carmen de la Vega pertenece a la cuarta generación de la tienda “Casa Vega”, fundada en 1860 en el número 57 de la calle Toledo, en el corazón de Madrid. Ella enseña las alpargatas y otros calzados para deportistas y bailarines con tal entusiasmo que pasas horas admirando estos trabajos.

Además de calzado también se utilizaba en la fabricación de la escayola o para alforjas y aparejos de caballerías o frontiles de bueyes y vacas. Se comprueba en la Espartería “Juan Sánchez”, que regenta el nieto del fundador, del mismo nombre, y que muestra con orgullo y profesionalidad las ventajas de las persianas de esta materia y de los estropajos de esparto en la limpieza del hogar. Algunos se resisten a usarlo por su aspereza, pero los profesionales, explica, lo reclaman por su eficiencia.

Julio es ahora un enamorado de esta planta, que le lleva a evocar su infancia, cuando en los veranos se trabajaban los manojos de esparto en las puertas de las casas.

Para aprender, acudió al maestro Cándido, con 86 años, pastor en El Carpio de Tajo, que trabajaba la planta mientras cuidaba del rebaño, y le enseñó los secretos de un oficio olvidado.

En el patio de su casa, Julio montó un taller en el que trabaja duro golpeando con una maza de madera de encina los manojos de esparto hasta que queda suave para darle forma con las manos. Una alfombra le lleva más de doscientas horas, pero también hace cinchos para el queso, forros para garrafones o botellas, rediles para el ganado, cuerdas, aparejos para animales, cestos, sillas, persianas o bolsos de señora.

Además de su medio de vida, Julio intenta con mucha ilusión recuperar un oficio para que no pase al olvido

Cerca de Las Barrancas, en Valverde de la Vera, Daniel Incera se envuelve todo en esparto según la tradición en la Noche de los Empalaos.

Mondelopress.com

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