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El animal necesario

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El  burro llegó a Iberia no en las líneas aéreas del mismo nombre, sino en barcos fenicios muy similares a las pateras en las que siguen arribando a nuestras costas trabajadores agrarios tan sufrientes, maltratados y despreciados como lo fue antes el asno. O sea, que en treinta siglos, poco ha cambiado la cosa. Incluso sigue habiendo esclavos, y sin marcharse muy lejos. Tanto estamos remontando en este viaje hacia atrás en que hemos convertido la Historia, que todo apunta a que pronto la península estará como antes de los fenicios: sin borricos otra vez.

Puede parecer ocioso, cuando se habla de jumentos, tener que andar recordando que la identificación entre las orejas del asno y la estupidez es señal de nuestra propia estulticia, simbolizada en un animal que de tonto no tiene nada. La hoja de servicios del pollino es extensa e impecable: medio de transporte y carga, fuerza de arrastre, auxiliar de pastoreo, motor de noria y molino, porteador de alta montaña, progenitor de mulas y burdéganos, desbrozadora viviente contra incendios forestales, GPS para el trayecto más corto y seguro… Sin borricos, ni las pirámides de Egipto, ni el acueducto de Segovia, ni la mezquita de Córdoba, ni la catedral de Florencia existirían. Es aún tan esencial para nuestra subsistencia en gran parte del planeta, que su probable extinción acarreará hambre y miseria.

Sin burros, no seríamos nosotros. La civilización habría sido imposible sin la ayuda silenciosa, abnegada y siempre minusvalorada de nuestro amigo más fiel, que no es el perro ni el gato, sino esa rústica bestia de aspecto y mirada humildes que con poco se conforma y a cambio todo lo da.
A palos se ha pagado al burro. Con insultos y desprecios. Con torturas tan brutales que su mera descripción revuelve a cualquiera las tripas. Eso ha sido así de siempre, incluso cuando el animal resultaba imprescindible. Luego llegaron los coches y, sobre todo, tractores, y el campo se despobló. Primero, de sus borricos, que ya eran innecesarios; luego, de sus propietarios, y por el mismo motivo. Y así llegamos a hoy, con el agro convertido en un cadáver en ciernes, que no renta al lugareño pero engorda fondos buitre.

De todo esto se percató, allá por los años 80, un hombre que vivía en Rute, en la comarca cordobesa de la Subbética. Quiso un día ir de excursión a lomos de borriquillo, y de pronto cayó en cuenta de que ya no había. Tanto se sobrecogió, que cambió toda su vida. De vender lencería en una tienda, Pascual Rovira pasó a consagrarse al asno.

La intensidad de la entrega de Pascual con los borricos supera lo imaginable. Desde el primer animal que captó para su causa -un burro tanto tiempo encerrado que lo rebautizó como Mandela, en honor al líder sudafricano preso durante decenios-, nuestro infatigable cordobés fue desarrollando un proyecto que hoy, después de más de treinta años, acoge unos cien pollinos.

El empuje de Pascual y su familia, en especial su esposa, Quisca Caballero, convirtieron a Rute en ejemplo mundial de protección animal, mucho antes de que ese concepto se popularizara. Recortes de prensa de Japón, EEUU, Francia, Alemania y otros países dan fe de ello en La Cuadra, centro cultural de la Asociación para la Defensa del Borrico (ADEBO, la primera protectora asnal de España). Por ella han pasado músicos de renombre, desde los peruanos Checho Cuadros y Riber Oré al italiano Vinicio Capossela, que grabó un videoclip en Rute.

La pata cultural es clave en el proyecto de ADEBO. Pascual, buen conocedor de la profunda huella asnal en el pensamiento y las artes, se esmera en defender que el burro no es lerdo e insensible. ¿Cómo podría serlo el inspirador del rucio de Sancho Panza, el Platero de Juan Ramón,  el Balthazar de Bresson y disparates de Goya? Escritores tan dispares como Rafael Alberti, Camilo José Cela y Antonio Gala han respaldado en persona en Rute este empeño, que se prolongó al teatro, con la compañía La Fura dels Baus. Y al cine también, ¡faltaría!

Nada de eso habría sido posible sin la capacidad de relaciones públicas de Pascual Rovira. Solo gracias a un don de gentes portentoso puede explicarse que un residente rural al que la atención a sus animales apenas ha permitido salir del pueblo fuese capaz de atraer a él a figuras como la reina Sofía, la duquesa de Alba y la baronesa Thyssen para amadrinar asnos.
Dicen los británicos que, para hacer unos huevos con jamón, la gallina participa, pero el cerdo se implica. Pascual, cuya comunión espiritual con el asno alcanza el grado de hermandad, también tiene de cochino, otro animal inocente despreciado, en cuyo honor organizó unas jornadas de poesía. Y como buen puerco y burro, Pascual se implica en lo que acomete, se deja la vida en ello y lo hace con tesón sin rendirse en la tarea, por recio que lluevan palos, menosprecio, incomprensión.
Parafraseando Amanece, que no es poco, permítanme concluir que, para que no se extinga el borrico, la mayoría somos contingentes, pero Pascual Rovira es necesario. ¡Larga vida a animal(es) tan imprescindible(s)!

Texto: Eliseo García.

Fotos: Mondelopress.com.

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