Se cumplen cuarenta años de la desaparición del histórico alcalde de Madrid, referente moral de la política democrática y figura clave del socialismo español.
Se cumplen cuarenta años sin Enrique Tierno Galván, pero su figura continúa presente en la memoria cívica de Madrid y en la historia reciente de la democracia española. Intelectual, profesor y político, Tierno Galván representó una forma de ejercer el poder basada en la ética, el deber y el respeto a la ciudadanía, valores que hoy siguen siendo referencia.
Tuve la suerte de conocerle y de trabajar con el “Profesor” durante las elecciones municipales del 3 de abril de 1979, que le llevaron a la Alcaldía de Madrid. Tras la victoria electoral, y ya al final de su vida, le realicé una entrevista en su despacho a finales de 1985, apenas dos meses antes de su fallecimiento. Se encontraba visiblemente cansado, pero lúcido y sereno. Aquellos veinte minutos fueron, sin duda, los más entrañables de mi trayectoria profesional.
Durante sus seis años como alcalde, cubrí numerosos actos de su actividad política. Le acompañé en campañas en el País Vasco junto a José María Benegas, “Txiki”; en Galicia con Fernando González Laxe; y en Madrid, donde desarrolló una intensa agenda institucional y ciudadana que transformó la relación entre el Ayuntamiento y los madrileños.
Tierno Galván no fue un político al uso. Nunca buscó el protagonismo personal ni la grandilocuencia. Entendía el poder como responsabilidad y el cargo público como cumplimiento del deber. Su legado no se mide solo en decisiones de gobierno, sino en una manera de estar en la política: cercana, culta y profundamente humana.
Cuarenta años después, el profesor Enrique Tierno Galván sigue entre nosotros, no como un recuerdo nostálgico, sino como un ejemplo vigente de coherencia, compromiso y dignidad en la vida pública.
Entrevista.
¿Cómo era aquella familia soriana en la que usted nació?
Mi familia soriana era una familia normal, propia de las tierras mesetarias castellanas. Normal, sí, en el sentido de la vida que se llevaba entonces en el campo: una existencia sencilla y dura, muy condicionada por el trabajo y por la suerte que pudiera acompañar cada año.
Viví en Soria durante los primeros diez años de mi vida, desde prácticamente el comienzo de mi vida consciente. Fueron años muy marcados por el frío, por las dificultades y por la incertidumbre constante. A menudo se perdían las cosechas y eso generaba un gran desasosiego en las familias del campo.
Tuvimos, eso sí, la suerte de contar con algún familiar que me enseñó las lenguas clásicas, algo poco habitual en aquel entorno rural. Después de esos diez años vine a Madrid y ya no podría añadir mucho más de aquella etapa.
Recuerdo que, a pesar de todo, teníamos mantequilla en abundancia y una vida que, comparada con la actual, era mucho más dura. Y, sin embargo, vista con la perspectiva del tiempo, aquella vida resulta casi idílica.
¿En la primera etapa de su vida, y por influencia de su madre, tuvo una religiosidad profunda, al menos hasta los 10, 14 o 15 años?.El otro día leí en algún medio una frase suya que decía: «Dios no abandona nunca a un buen marxista»?
Es, evidentemente, una frase.
¿Qué quería decir exactamente con ella?
Se trata de una expresión irónica que viene a significar que, admitida la existencia de Dios, a quien primero tendría que proteger es al marxista, porque es quien se comporta con mayor responsabilidad y de forma más coherente.
¿Ese distanciamiento infantil, un cierto alejamiento de la fe cristiana, parece coincidir más o menos con las fechas de la República, con sus planteamientos y programas?
Quizá fue incluso anterior. No lo sé con certeza. Ninguna influencia concreta. Ninguna. Tal vez antes. Ya había asistido a colegios laicos y había empezado a pensar por mi cuenta. Creo, en realidad, que ese distanciamiento es anterior.
¿Cómo recuerda usted, cómo vivió aquellos años de la República?
Pues los recuerdo como años inciertos, muy inciertos. No sabíamos qué nos iba a traer el porvenir. Llegó un momento en que la guerra estaba, yo creo, en la conciencia de todos, y había incluso quienes la deseaban. Pero, en conjunto, fueron años marcados por la incertidumbre, con un futuro poco claro. Durante la República se produjo lo que se llamó el bienio negro, y entonces ya comprendimos que el porvenir era peligroso o, al menos, difícil, y que nos costaría mucho trabajo orientar nuestras vidas y nuestros fines.
¿En 1936 estalla la guerra y, si no calculo mal, usted era entonces un estudiante de 18 años?
Exactamente. Cuando me incorporé a la guerra hice lo que hace todo el mundo en esos casos: fui destinado al regimiento que me asignaron, al que me correspondía. Estuve como uno más hasta el final del conflicto, trabajando por lo que yo creía que era la causa más justa, la causa del pueblo. De modo que no hubo nada excepcional en mi comportamiento.
¿A partir de aquí, conviene hablar de lo que era la universidad. Usted comienza los estudios de Derecho en el año 34?
Era una universidad minoritaria: en las clases no había más de 60 o 70 alumnos como máximo. El profesor podía conocer al alumno por la cara, por el gesto, incluso por el aspecto, y la enseñanza era muy próxima, muy directa. Esa inmediatez entre profesor y alumno —la posibilidad de recomendar libros concretos, de señalar con la mirada a un estudiante en el aula— hacía de aquella una universidad verdaderamente útil.
¿Es diferente de la actual?
Claro que sí.
¿Y qué tienen en común?
Muy poco o prácticamente nada.
La universidad actual es una universidad de masas, como todos sabemos. Retener el rostro de 150 o 200 alumnos —a veces 500— era ya imposible. Por ello, la relación profesor-alumno dejó de ser la misma. Tampoco el contacto con los libros era igual: al ser tan pocos, podíamos estar en la biblioteca con tranquilidad, con sosiego, leyendo y estudiando sin prisas.
En resumen, aquel mundo universitario era completamente distinto.
El universitario de hoy se mueve en otro escenario.
¿En 1948 usted era catedrático de Derecho Político y, desde entonces, quedó vinculado de manera permanente a una universidad propia del periodo franquista. ¿Cómo era la vida académica en aquel tiempo? ¿Cómo la recuerda?
En Salamanca y, en general, a lo largo de los distintos años del franquismo, la universidad era una institución sometida. Una universidad vigilada, con espías por todas partes, sometida a una censura de libros terrible y sin ninguna libertad de cátedra. En consecuencia, no era verdaderamente una universidad. Era, más bien, un lugar donde se preparaba a la gente para que después superase oposiciones y accediera a las grandes instituciones del Estado, marchando con su título bajo el brazo para convertirse en abogados del sindicato o colocarse en cualquiera de las demás estructuras del régimen.
¿Cómo recuerda aquel año 65, en el que fue separado de la cátedra y se produjeron manifestaciones reflejadas en los libros?
A decir verdad, siento remordimiento por lo que los muchachos sufrieron a causa de mí. Pero, al mismo tiempo, guardo amistad conmigo mismo, porque me quitaron de encima un peso terrible: el de tener que explicar, a trancas y barrancas, una constitución alemana o húngara; después elegir otro ejemplo y explicar la constitución británica, y no poder explicar la constitución española, o hacerlo como yo la explicaba, bajo una censura permanente.
¿Creo recordar que, hacia el año 1976, usted afirmó que la universidad era, en cierto modo, la expresión de la perplejidad nacional. Dijo entonces que se estaba produciendo un cambio importante en la universidad, y es evidente que ese cambio se ha dado?
Lo que yo quisiera que precisara ahora es si esta nueva universidad ha dejado realmente de ser una expresión de esa perplejidad y, en tal caso, qué es hoy.
A mi juicio, la nuestra es una universidad que ha desconectado de los grandes temas intelectuales y que se ha convertido, pura y simplemente, en un lugar donde se aprenden ciertos conocimientos con el único fin de poder ocupar en el futuro un puesto de cierta responsabilidad social.
Más que una universidad en sentido pleno, la universidad estatal se asemeja hoy a una academia mediocre.
¿Yo quisiera que me precisara exactamente si esta universidad nueva ya no es una expresión de perplejidad: qué es entonces?
Es una universidad que ha desconectado de los grandes temas intelectuales y que, pura y simplemente, es un lugar donde se aprenden ciertas cosas para poder, en el futuro, ocupar un puesto de cierta responsabilidad social.
Más que una universidad, es una academia mediocre: la universidad natal.
¿Qué había que relanzar en ella era el entusiasmo por el debate, por la libertad.?;¿qué es lo que usted echa más de menos en este momento?;¿cuál sería el mejor camino para la recuperación de su universidad?
Bueno, necesita más dinero, necesita más profesores, necesita más seminarios… pero nada de eso basta por sí solo. Si los chicos no están imbuidos, no están impregnados, no hay entusiasmo real: por las ideas, por la discusión de las ideas y por el sentido de las ideas.
¿Eso tiene que ver con lo que usted llama la necesidad de la utopía en una sociedad?
Un entusiasmo que normalmente va vinculado a la utopía, pero que a veces es entusiasmo por el derecho civil, a veces por el derecho penal. En fin, lo importante es estar entusiasmado con que la asignatura tenga un sentido trascendente, que no sean solo los apuntes, que no sean solo los apuntes. Los apuntes como fin de la universidad serían el fin de la cultura.
¿Hablando un poco de política, en alguna ocasión dijo usted que no era un animal político y que, por eso, probablemente tenía algo que hacer en la vida pública española. ¿Esto ha sido así? Es decir, en la vida pública española hay demasiados animales políticos…
Sí, hay gente que se dedica a la política. Pero, en fin, en las elecciones de fin de siglo… A mí no me mudó nada, porque he ejercido un papel que es muy grato, que no es propiamente político, que es el papel de oposición. Y en este papel de oposición me mantenía, me sostenía. Por mis riesgos me echaron… Pero cuando el hombre está en el poder, el hombre se hace realmente político, porque se impregna de poder; es muy difícil dejar de ser un animal político. Hay una pugna entre la persona y el poder, y yo creo que eso puede vencerse no metiéndose de lleno en los núcleos centrales del poder.
¿Allá por el 67 fundó usted el Partido Socialista del Interior, que luego cambió de nombre y pasó a llamarse Partido Socialista Popular?
Exactamente.
¿Concurrió a las elecciones y tuvo un papel importante. Me gustaría que ahora, con perspectiva y con los años pasados, valorase la importancia de lo que fue el Partido Socialista Popular?
Bueno, fue un conjunto de ilusionados: por la libertad, ilusionados por la igualdad. Gente culta; en el partido había muchísima gente culta, proletarios avanzados que querían ilustrarse, y muchísima gente de muchos sitios que, atraídos por lo que para unos era alarma y para otros era grato —ese timbre de entusiasmo ideológico—, se acercaron al partido. Tuvimos inmediatamente un gran éxito. Es verdad que esto no pudo crecer más por falta de dinero, y después tuvimos que fundirnos con el PSOE.
¿Esa fusión con el PSOE en el año 78, ¿sigue estimándola positiva? ¿Cómo la valora hoy, siete años después?
Pues realmente no debemos ya ser exigentes poniendo un pie fuera de la tierra, sino aceptar, de lo que hay, lo mejor. Y de lo que hay ahora en España, lo mejor es el Partido Socialista, que comete errores, pero que por lo menos tiene un criterio; porque sus enemigos no lo tienen: cometen errores y no dan el aspecto de algo sólido, limpio y fuerte que pueda subsistir frente a lo que existe.
¿Lo considera positivo, aunque haya temas controvertidos?
Por eso me parece positivo.
¿Una de las cosas que refleja la Constitución Española, entre los aspectos importantes que desarrolla, es el Estado de las Autonomías, que ya lleva unos años de funcionamiento. A mí me gustaría preguntarle cómo ve usted el panorama de las autonomías en este momento de su desarrollo?
Difícil porque cada autonomía pide más dinero. No existe una institución donde las autonomías puedan estar representadas, reunirse, debatir, decidir y ponerse de acuerdo. Ahora viven aisladas y su único objetivo es tener más dinero.
Por otra parte, han empezado sin historia, sin experiencia, y han creado administraciones autonómicas gigantescas. Esa es una reproducción del Estado que resulta innecesaria. Así que, en este aspecto, la valoración no es tan positiva.
¿No es tan positiva?
No, no es tan positiva, porque hay cierto peligro en la línea de desarrollo actual.
¿Qué peligro?
Que tendrán que encajar con las necesidades del Estado, y quizá el propio Estado tenga que legislar para que ese encaje sea efectivo.
¿Cree que la sociedad española las ha asimilado? ¿La sociedad española ya ha cambiado?
En algunos casos sí, en otros no. Por ejemplo, en Andalucía se va asimilando y ya es un hecho muy concreto. Sin embargo, en el norte hay más dificultades y se discute. En el centro la actitud es muy pasiva. Y en Madrid la gente común aún no sabe muy bien qué es la autonomía.
¿Tras la muerte de Franco, usted pedía que no hubiera maximalismos en los planteamientos. Pasados los años, ¿cree que la sociedad española se ha acercado a la idea que usted tenía de lo que debía ser la transición y la evolución?
No del todo. También creíamos que después todo iba a ser más fácil. No se pensaba con tanta claridad, como luego impusieron los hechos, en la profundidad de la crisis económica. Y realmente esperábamos más solidaridad, una solidaridad que no se ha dado en los términos en que los más optimistas confiábamos.
En 1982, el Partido Socialista está en el poder en España. ¿Cree usted que las líneas que se establecieron como prioritarias para un gobierno socialista, y que incluso usted mismo señaló en su momento, se están cumpliendo?
En muchos casos, no. Ya lo hemos dicho antes: cuando los miembros de un partido llegan al poder, evidentemente se encuentran con dificultades que no existen en la oposición. Y esas dificultades han hecho que no se pueda aplicar de manera pura todo aquello que los socialistas queríamos que fuese.
¿Realmente el poder corrompe al hombre o el hombre corrompe al poder?
La frase famosa —“el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”— tiene mucha verdad.
El hombre no corrompe al poder, porque el poder no es algo material o concreto que pueda corromperse. Para que algo se corrompa debe tener responsabilidad. Lo que se corrompe es el sentido de la responsabilidad del hombre. Así que no es el hombre quien corrompe al poder, sino el poder quien corrompe al hombre.
¿Ha sufrido usted muchas derrotas políticas en su vida política?
Bastantes, bastantes. Pero entiendo que la derrota forma parte de la política y de la vida humana, y que hay que asimilarla para poder continuar después un camino penoso y a veces lleno de sacrificios, pero que hace avanzar la utopía y nuestra sociedad. La derrota hay que aceptarla, hay que hacerla propia.
A pesar de eso, ¿es usted un hombre satisfecho de su vida pública?
De mi vida pública sí, porque no he hecho nada especialmente notable. Ahora. ¿satisfecho de cómo va el socialismo en el mundo? ¿De cómo se comporta el mundo con relación a las ideas que nosotros defendíamos? No: estoy profundamente insatisfecho.
¿Es usted alcalde de Madrid y vive una experiencia quizá insospechada en algún momento de su vida. Llega a la alcaldía y revalida su postura con esa decisión. ¿Qué significa para usted ser alcalde de Madrid?
El cumplimiento del deber, esencialmente el cumplimiento del deber. Aparte de la satisfacción de estar en relación con el pueblo, con lo que realmente es el pueblo, lo cual para mí es muy enriquecedor. Pero sobre todo tengo un deber: procurar que Madrid esté bien regido, y ese deber lo llevo a la práctica. Ser alcalde de Madrid es procurar que la ciudad se exprese con responsabilidad, con sentido común y con respeto a las normas morales.
¿Señor, una última pregunta. ¿A principios de este año usted afrontó una operación grave y advirtió públicamente de su riesgo. ¿Cómo afronta usted una enfermedad?
Hasta ahora, y después de esta enfermedad grave, creo que con serenidad. Pensando que no he hecho mal a nadie, y que mi conciencia está bastante clara y limpia. No tengo nada que temer. Una enfermedad se afronta como se afronta una tormenta: como un dato del destino.
¿Le gustaría seguir siendo alcalde de Madrid mucho tiempo?
Me gustaría cuatro años más, para completar la obra.
Gracias profesor.
Quiero agradecer el gran trabajo realizado en esta entrevista a mi amigo Carlos González Reigosa, que me acompañó y estuvo a mi lado en todo momento.
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